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Juan Carlos De Marco - Malaysia Sellos Pasaporte

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Lo invisible se ve

Diario de Sevilla | Martes, 06 de Abril de 2010, 22:56:26

Con la transformación del vivero de la Expo 92 para su incorporación al Parque del Alamillo se amplía el concepto de espacio público en la aglomeración urbana de Sevilla

La ampliación hacia el norte del Parque del Alamillo, lugar de centralidad para el Área Metropolitana, ha posibilitado un mayor contacto de éste con el Guadalquivir y sacado a la luz una colección botánica de extraordinario valor: desde las especies más ornamentales y alóctonas del vivero de la Expo92 -únicas en el territorio nacional- hasta los naranjales, pasando por herbazales propuestos de manera innovadora como testigos de una naturaleza tan viva como propia del sitio. Además, se potencia esta zona como reserva y refugio de los animales que pueblan el Parque y sus alrededores, mediante el reciclaje de elementos heredados de la Expo convertidos en una red de madrigueras.

El modo de operar ha sido claro: buscando lo que, por inerte, permanecerá como fundamento del vivero con el paso del tiempo; paseando para localizar zonas de clareo del bosque que preserven sus valores ambientales e indicar sutilmente algunas referencias -ya sea el mástil del puente, la torre de la RTVA o el huevo de Colón- de un territorio que lo acoge; aprovechando elementos de la antigua exposición en un equilibrio casi imposible entre tierra y mundo, armado desde la experiencia artística de L. Maráez, que habilita escondrijos para un censo de animales cada vez más numeroso; marcando, con apenas unas piedras encontradas en el sitio y una información sobre las especies que aparecen, posibles itinerarios didácticos que nos sirvan de guía; corrigiendo la agresión del ruido externo, la presencia de los coches de mantenimiento o las vallas preexistentes con pequeños taludes o acopios de piedras en los bordes; etcétera. Todas ellas, acciones de bajo consumo que pretenden hacer disponible este espacio para los ciudadanos a partir de lo encontrado y de la variabilidad de un paisaje atento al paso de las estaciones. Esta última iniciativa nos remite directamente a la dilatada y participativa gestión del Parque realizada por su director Adolfo Fernández, que junto a colaboradores de la Oficina de Gestión y otros externos, ha puesto en marcha una serie de trabajos que conservan e impulsan, gestionan y amplían ese enclave, planteando hasta que punto es necesaria la revisión de lo que para Sevilla significa hoy la Isla de la Cartuja. Los restos de la Exposición, lo que de patrimonio tenga para la ciudad, el necesario ensayo para un laboratorio del paisaje asociado al valle del Guadalquivir -iniciado ya por el IAPH- o el posible acuerdo con la tierra desde los requerimientos de la ecología, obligan a una respuesta sobre el futuro de un trozo de tierra ganado para la ciudad a partir del 92. Quizás este impulso, en apariencia menor, pero tan esforzado como para atender a la diversidad de insectos, lagartos, conejos o perdices, encajando su biotopo en consonancia con lo humano, pueda un día encontrarse con las vallas de Cartuja 93 y acabar por habilitar un modo por el que la Isla sea una parte activa de la vida de la ciudad. En todo esto resuena poéticamente el eco de aquel grito del San Francisco de Asís de Messiaen: "Voilà! l'invisible, l'invisible se voit...", una expresión que recoge la sorpresa de lo humano ante una situación que descubre y se hace consciente, ante una realidad que le es tan próxima como oculta. Éste es el caso que comentamos: su hacerse visible, su incorporación a la red de espacios por los que transitamos, el que la ciudad tenga finalmente noticias de su existencia, invita a la visita y, con ella, a participar, a preservar, a potenciar eso hasta ahora desconocido. Aquí, el grito es más bien un deseo que aspira a comunicar, como lo hacen los personajes de Conrad, una soledad compartida. Asqueados como estamos de proyectos espectaculares, de estridentes encarnaciones siempre legitimadas por jurados y críticas avispadas cargadas de oportunidad, resignados con sus dolientes efectos publicitarios, que se actúe en este enclave con sordina es un alivio para nuestros cansados oídos -una muestra inequívoca de salud urbana- y un desafío para pensar en el espacio público. Un espacio de participación que reúna, como componentes de un soporte para la vida, lo más íntimo con lo más colectivo de una experiencia tan necesaria como contingente, lo más precioso de la tierra con lo extenso de su territorio. Quizás sea la conciencia de estas pequeñas cosas, del trato cuidadoso con lo que sabemos que es de todos, lo que mayor repercusión tenga sobre la realidad cotidiana, en donde nos juguemos el futuro de nuestras ciudades, de nuestros entornos más vitales. Hablamos de sensatez, de sentido común -o sentidos de lo común- para valorar lo que aún nos queda y actuar en consecuencia, aprovechando lo que ha permanecido oculto o lo que, como deshecho olvidado de anteriores momentos, sigue provocando desasosiego; hablamos, en suma, de una manera de hacer que supone admiración y respaldo en los tiempos que corren. Por ello, la experiencia sobre este nuevo espacio público -civil, para ser más precisos- se convierte en paradigma de lo pedagógico; tan cerca y tan lejos de otros parques temáticos, de otras pieles sensibles que nos confunden.

José ramón Moreno · Félix de la Iglesia

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